Este corredor marítimo, situado entre Irán y la península arábiga, apenas alcanza los 40 kilómetros de anchura en su punto más estrecho. Sin embargo, por él circula diariamente uno de los flujos energéticos más importantes del planeta.
Durante años se habló de transición energética y de un futuro cada vez menos dependiente de los hidrocarburos. Sin embargo, el mes de marzo ha recordado con crudeza una realidad que la geopolítica nunca ha dejado de señalar: cuando el petróleo tiembla, la economía mundial también lo hace.
Las tensiones militares en Oriente Medio han provocado un fuerte nerviosismo en los mercados energéticos. La subida ha tenido un efecto inmediato en el mercado minorista europeo.
El pasado, 4 de febrero, el vicepresidente estadounidense, J. D. Vance, organizó una cumbre, a la que asistieron unos 40 países, con el objetivo de garantizarse un acceso seguro y continuado a los denominados “minerales o tierras raras” y, de paso, contrarrestar el peso de China.
Vance propuso a los asistentes la creación de un bloque comercial que estabilice los precios y las cadenas de suministro frente al dominio sobre los mismos que ejerce China. Entre ellos hay cuatro países africanos con importantes reservas y enorme potencial, la República Democrática del Congo (RDC), Kenia, Guinea-Conakry y Marruecos, que aspiran a jugar su baza: facilitar sus materias primas a las empresas norteamericanas, pero, a cambio, avanzar en su industrialización, crear empleo y obtener transferencia tecnológica para pasar, a medio plazo, de meros suministradores a generar su propia industria de transformación.
Si en los años 80 la “guerra fría” giró en torno a misiles y bloques políticos, hoy se libra en torno a baterías, chips y materias primas estratégicas. Y sí, nombres como Donald Trump y China aparecen en el mapa. No como caricaturas de un cómic político, sino como protagonistas de una realidad global que está reordenando alianzas, tensiones y prioridades económicas.