En Europa hay gas, mucho gas. La cuestión es cómo extraerlo y si merece la pena hacerlo. Abrazada en Estados Unidos y repudiada en el viejo continente, la fracturación hidráulica, o fracking, vuelve a la palestra debido a la actual crisis energética derivada de la dependencia de los combustibles procedentes de Rusia y Argelia.
Según cálculos del Consejo Superior de Colegios de Ingenieros de Minas España tiene recursos de gas no convencional para 39 años de consumo; una cifra que la Asociación Española de Compañías de Investigación, Exploración, Producción de Hidrocarburos y Almacenamiento Subterráneo (ACIEP) elevó a casi siete décadas. La organización calcula que la cantidad que alberga el subsuelo asturiano sería la necesaria para abastecer el consumo nacional durante diez años. Estas reservas, la mayoría ubicadas en la vertiente Cántabro-Pirenaica, evitarían tener que depender de otros países; es el caso de Alemania, que tiene su economía en manos de Putin.
El fracking consiste en perforar un pozo entubado y cementado, ya sea en vertical u horizontal, a más de 2500 metros de profundidad para después inyectar agua a alta presión y fracturar el foso en el que se encuentre el hidrocarburo. En 2010 se utilizaba en aproximadamente el 60% de los pozos de extracción en uso; el aumento del precio de los combustibles fósiles hizo que el método fuera económicamente rentable y se propagase, en especial en Estados Unidos.
Los partidarios de la fracturación hidráulica argumentan que la técnica no tiene mayor riesgo que cualquier otra tecnología utilizada por la industria, e inciden en los beneficios económicos. Mientras, la industria insiste en aclarar que aquellos casos excepcionales en los que se haya podido producir contaminación han sido debido a malas prácticas (defectos en la construcción de los pozos o en el tratamiento de aguas residuales), no de la fracturación hidráulica en sí misma.
Los detractores, en cambio, señalan el impacto para el medioambiente: la contaminación de acuíferos y el elevado consumo de agua; la contaminación de la atmósfera; la contaminación sonora; la migración de los gases y los productos químicos utilizados hacia la superficie y la consecuente contaminación de la misma; el posible aumento de la actividad sísmica y los posibles efectos en la salud derivados de todo ello. Por eso, mientras que en algunos países se ha fomentado el fracking, en otros se han impuesto moratorias a su uso o se ha prohibido. En enero de 2014 la Comisión Europea emitió recomendaciones a los países miembros que deseen explorar y producir hidrocarburos no convencionales utilizando la fracturación hidráulica para garantizar la protección adecuada del medio ambiente.