El pasado, 4 de febrero, el vicepresidente estadounidense, J. D. Vance, organizó una cumbre, a la que asistieron unos 40 países, con el objetivo de garantizarse un acceso seguro y continuado a los denominados “minerales o tierras raras” y, de paso, contrarrestar el peso de China.
Vance propuso a los asistentes la creación de un bloque comercial que estabilice los precios y las cadenas de suministro frente al dominio sobre los mismos que ejerce China. Entre ellos hay cuatro países africanos con importantes reservas y enorme potencial, la República Democrática del Congo (RDC), Kenia, Guinea-Conakry y Marruecos, que aspiran a jugar su baza: facilitar sus materias primas a las empresas norteamericanas, pero, a cambio, avanzar en su industrialización, crear empleo y obtener transferencia tecnológica para pasar, a medio plazo, de meros suministradores a generar su propia industria de transformación.
Si en los años 80 la “guerra fría” giró en torno a misiles y bloques políticos, hoy se libra en torno a baterías, chips y materias primas estratégicas. Y sí, nombres como Donald Trump y China aparecen en el mapa. No como caricaturas de un cómic político, sino como protagonistas de una realidad global que está reordenando alianzas, tensiones y prioridades económicas.