Cada vez que alguien utiliza un modelo de lenguaje avanzado, en algún lugar del mundo una línea de alta tensión transporta más electricidad, un sistema de refrigeración trabaja a pleno rendimiento y, en última instancia, una mina extrae más mineral. La inteligencia artificial no es una nube inmaterial: es cobre. Un solo centro de datos diseñado para entrenar modelos de IA de gran escala puede llegar a consumir hasta 50.000 toneladas de este metal, entre tres y diez veces más que una instalación convencional. Para ilustrar la magnitud de la cifra: la histórica mina de Riotinto, en Huelva, produjo 51.139 toneladas en todo 2025, su mejor año desde que reabrió en 2016. Un solo centro de datos podría absorber esa producción entera.
El informe Copper in the Age of AI, de S&P Global, prevé que la demanda mundial crecerá un 50% hasta 2040, y la Agencia Internacional de la Energía advierte que las minas en desarrollo apenas cubrirán el 70% de esa demanda. El mercado ya lo anticipa: desde principios de 2026, el precio del cobre acumula una subida anual cercana al 40%.
La transición energética no se construye solo con paneles solares y aerogeneradores. Detrás de cada batería, de cada cable de transporte eléctrico y de cada imán permanente hay litio, cobre, cobalto, níquel, manganeso o tierras raras. Son los llamados minerales críticos, y su demanda se disparará en las próximas décadas a medida que la electrificación de la economía avance. La Agencia Internacional de la Energía lleva años advirtiendo de que esta transformación será también, inevitablemente, una transición minera. Para España, eso no es solo un reto: es una oportunidad estratégica de primera magnitud.